Cómo será la primera base lunar y qué desafíos enfrenta su construcción
ARTÍCULOS ASTRONOMÍA
Alex León
2/24/20264 min read


El regreso de la humanidad a la Luna con el programa Artemis no es una visita simbólica. Es el primer paso hacia la residencia permanente fuera de la Tierra. Y eso cambia por completo la pregunta: ya no se trata de “llegar”, sino de quedarse. Pero ¿cómo se construye una casa en un entorno donde el vacío, la radiación y las temperaturas extremas intentan destruir cualquier estructura?
Diseñar arquitectura lunar no es una extrapolación de la arquitectura terrestre. Es una disciplina completamente nueva que mezcla ingeniería aeroespacial, ciencia de materiales, robótica autónoma y hasta psicología humana. En la Luna, cada decisión estructural es una cuestión de supervivencia.
Vivir dentro de un tanque a presión
En la Tierra, la atmósfera nos protege de la radiación, amortigua los impactos de micrometeoritos y estabiliza la temperatura. En la Luna no existe nada de eso. Una base lunar, en términos físicos, es esencialmente un recipiente presurizado instalado dentro del vacío absoluto.
El aire interior empuja constantemente hacia afuera. Esa presión genera una tensión estructural continua, como si el edificio estuviera intentando “explotar” todo el tiempo. Por eso, las formas curvas cilíndricas o esféricas son mucho más eficientes que las estructuras con esquinas rectas. Distribuyen mejor las fuerzas y reducen puntos de fallo.
A esto se suma el desafío térmico. En la superficie lunar, las temperaturas pueden superar los 120 °C bajo la luz solar directa y caer por debajo de los -170 °C durante la noche. Sin atmósfera que distribuya el calor, la transición es brutal. Los materiales deben soportar ciclos extremos de expansión y contracción sin fracturarse. La ingeniería aquí no solo busca resistencia, sino estabilidad molecular a largo plazo.
El regolito: de polvo abrasivo a material de construcción
Enviar materiales desde la Tierra cuesta miles de dólares por kilogramo. Cada tornillo tiene un precio astronómico. Por eso, el futuro de la construcción lunar depende de la ISRU (Utilización de Recursos In Situ): usar lo que ya está allí. El regolito lunar una mezcla de polvo fino y fragmentos rocosos generados por millones de años de impactos es el recurso clave. Aunque es abrasivo y electrostáticamente problemático, también es abundante y rico en compuestos útiles.
La propuesta más prometedora consiste en usar impresión 3D a gran escala. Robots autónomos podrían sinterizar el regolito con láser o microondas, fundiéndolo capa por capa hasta crear muros sólidos. De esta manera, los astronautas no llegarían a un terreno vacío, sino a estructuras previamente construidas por maquinaria robótica.
Además, el propio regolito funciona como escudo natural. Una capa de entre tres y cinco metros sobre los módulos habitables puede reducir de forma drástica la exposición a radiación cósmica y a partículas solares energéticas. En la Luna, el mejor hormigón es el polvo local.
¿Construir en la superficie o bajo tierra?
La arquitectura lunar actual contempla dos enfoques principales: módulos inflables en superficie protegidos por regolito, o asentamientos dentro de tubos de lava. Los módulos inflables tienen la ventaja logística. Son compactos durante el lanzamiento y, una vez desplegados, ofrecen grandes volúmenes habitables con menor masa estructural. Fabricados con múltiples capas de polímeros de alta resistencia, fibras tipo Kevlar y escudos micrometeóricos, pueden mantener presión interna de forma segura.
Pero existe otra opción aún más radical: usar la geología lunar como refugio. Bajo la superficie existen enormes tubos de lava formados hace miles de millones de años. Estas cavernas podrían medir cientos de metros de ancho y ofrecer protección natural contra radiación, impactos y variaciones térmicas extremas. Construir dentro de ellas reduciría enormemente los requerimientos de blindaje artificial.
Si se confirma su estabilidad estructural, los primeros “barrios lunares” podrían no tener cúpulas futuristas, sino entradas discretas que conduzcan a ciudades subterráneas.
No basta con sobrevivir: hay que mantener la mente sana
Durante décadas, la arquitectura espacial se centró exclusivamente en la supervivencia física. Hoy sabemos que eso no es suficiente. El aislamiento, la confinación y la alteración del ciclo natural día-noche afectan profundamente a la salud mental. Un día lunar dura aproximadamente 28 días terrestres. Eso significa que no existe un ritmo circadiano natural de 24 horas. Las bases deberán incorporar sistemas de iluminación dinámica que imiten el amanecer y el atardecer para regular el sueño y mantener el equilibrio hormonal. Además, los invernaderos no serán solo sistemas agrícolas. La presencia de plantas vivas, color verde y humedad ambiental puede convertirse en el principal ancla psicológica de los colonos. La arquitectura lunar tendrá que diseñarse pensando en la biología humana tanto como en la física estructural.
Arquitectura en un entorno hostil: el mayor experimento de la historia
Diseñar una base lunar es un ejercicio extremo de optimización: cada kilogramo cuenta, cada material debe cumplir múltiples funciones y cada error puede ser fatal. La arquitectura deja de ser estética y se convierte en una ciencia de equilibrio entre presión, radiación, temperatura y mente humana.
Lo fascinante es que muchas de las tecnologías que se desarrollen para la Luna terminarán aplicándose en la Tierra: construcción automatizada, nuevos compuestos ultrarresistentes, eficiencia energética radical y sistemas cerrados de reciclaje. La primera casa fuera de nuestro planeta no será solo un logro de ingeniería. Será el momento en que la arquitectura deje de estar ligada a la Tierra y se convierta en verdaderamente interplanetaria.
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